14 de diciembre de 2012

Curalia, punto de representación

Hace unas semanas nació Curalia con el propósito de ser “un intermediario crítico de conocimiento focalizado en la selección y curación de contenidos, metodologías, actividades y experiencias para la educación del s. XXI”. Este servicio de curación de contenidos no sólo está dirigido a docentes, sino que a todos los profesionales de la educación que buscan un punto de inflexión analítico a la información diseminada en la web. Bien visto, la curación de contenidos web no es una moda, es una necesidad ya que la escasez no está en los datos e información, sino más bien en la capacidad de representar y organizar conocimiento. 

Por ello que, en el fondo, la curación que se propone Curalia es un reto epistemológicamente sugerente y culturalmente importante porque se trata de un proyecto que tiene que ver con el conocimiento, “el valor añadido en educación” como reza el subtítulo en la web, buscando ser un filtro experto y participativo en la curación de contenidos sobre sociedad, educación, currículum y tecnología. 

En tiempos de autocomunicación de masas, infoxicación y automatización de la distribución de datos viene bien contar con un entorno que apueste por ir más allá. En el siguiente video hay una explicación sobre algunos de los rasgos de este proyecto.




También extraigo una entrevista que en su fecha me realizara Curalia para la sección “Referentes”, donde tengo el placer de participar junto a muchos otros preocupados y ocupados en la educación y tecnología. Aquí la selección: 
A partir de los casos de éxito en el uso de las TIC en la educación que conoce, ¿considera que hay elementos o característica comunes que nos ayuden a orientar la integración de la tecnología para la mejora del aprendizaje?
Primero habría que definir qué es éxito en el marco del uso educativo de las tecnologías de la información y la comunicación. Además del sesgo político que supone reconocer el éxito del uso de la tecnología en la escuela, la noción mercantil del éxito educativo de los productos tecnológicos, así como el análisis cuantitativo sobre el uso de herramientas tecnológicas en la educación, creo que el ámbito más apropiado para entender éxito educativo con tecnología corresponde al ámbito del aprendizaje. Aislar la comprensión de éxito educativo fuera del aprendizaje es pensar sólo en tecnología.

No existe posibilidad de éxito educativo con tecnología al margen de su impacto sobre al aprendizaje. Sin embargo, así, es posible constatar una paradoja. Los casos de mayor éxito educativo con tecnología podrían ser aquellos donde la tecnología no ha sido el centro de atención, sino más bien el aprendizaje. Por tanto, en vez de hablar de “buenas prácticas educativas con TIC” habría que hablar, de lleno y claramente, de buenas prácticas educativas. La práctica educativa no se puede definir por el tipo de herramienta, lugar o material que se usa, sino por la naturaleza del proceso que sugiere. Esto permitiría no perder de vista lo educativo del éxito.”

Por ello creo que los proyectos educativos que han podido ir más allá del fulgor tecnológico, y se han ocupado del quehacer educativo exitosamente –además, usando tecnología- se han caracterizado por algunos rasgos que, de forma gruesa, pueden simplificarse así:
  • No existe una relación causal entre uso tecnológico y aprendizaje.
  • No todo lo tecnológicamente viable es educativamente pertinente.
  • En la interacción virtual existe un filtro tecnológico que condiciona los modos de aprender, pensar, hacer y sentir.
  • El uso de la tecnología en la educación supone el desarrollo –consciente o no- de una cultura dentro de la escuela y fuera de ella.
  • El acceso a la información no es suficiente para aprender cuando existen posibilidades tecnológicas de interacción y cooperación.
  • La tecnología en red abre la escuela y amplía la noción de currículo.
  • Las personas en red configuran nuevas condiciones sociales de aprendizaje.
No obstante del listado anterior es necesario asumir que la afirmación “la tecnología es un factor provechoso en el aprendizaje” es –y será- siempre una hipótesis de trabajo. Como hipótesis de trabajo no cierra el proceso, sino más bien lo abre al escrutinio contante de la experiencia.

¿Qué tipo de currículum es más adecuado para el desarrollo de las competencias del s.XXI?

Sobre expectativa educativa y currículum habría que hacer un matiz previamente. Para el desarrollo de las competencias necesarias para una ciudadanía en el presente siglo hace falta pensar en el currículum, y más allá. Desde hace tiempo se dice, con razón justificada, que la programación curricular de las escuelas no va al ritmo del crecimiento del conocimiento, los cambios sociales y los avances culturales. Esto nos permite reconocer que el currículum escolar no es una garantía para el desarrollo de las competencias que necesitan las personas para este siglo, más exigentes, complejas y en revisión constante.

En este estadio de revisión, la teoría educativa debe hacer un análisis fuerte sobre la relación entre currículum educativo y nuevos entornos de aprendizaje. No estoy en contra de la escuela, está social y culturalmente justificada como un entorno de aprendizaje esencial, pero sí estoy en contra de la percepción de una escuela como ámbito exclusivo de aprendizaje y como único garante del conocimiento. Estos dos síntomas anacrónicos de la escuela no dejan filtrar otros procesos socioculturales también válidos para la experiencia de aprendizaje que, a pesar de la escuela, se solapan en la vida real de las personas y que también permiten aprender, como la virtualidad.

Pero como el tema curricular, no nos engañemos, es un tema político y de política educativa, de finalidades sociales, su supervivencia o decadencia tal como lo conocemos hoy dependerá de distintas fuerzas sociales que, no obstante, proponen formas alternativas de aprender en un mundo global, flexible, multicultural, reticular, móvil, participativo y disruptivo, esto destacando lo positivo. Por todo ello, pensar en qué tipo de currículum puede ser el más adecuado para el desarrollo de las competencias actuales implica, a mi modo de ver, pensar seriamente en lo no curricular.

¿Cómo deberían ser formados los futuros profesores? ¿Y los profesores en activo? Indica casos de éxito que puedan servir de referencia para ambos.

Aquí tengo una convicción que poco a poco se está cargando de evidencias. Muchos planes de estudio de formación docente están pensados para una sociedad –y con ello, un modelo de educación- inmutable. No obstante de este signo de inmutabilidad que busca la escuela, la constante del mundo actual es su inestabilidad. Esto implica un desfase, se forma para algo que más temprano que tarde cambiará. Por eso no es posible asegurar una formación docente vitalicia, a todo riesgo, como tampoco una formación centrada en un único modelo docente, todo terreno. Creo que es mejor hablar de las profesiones de la educación en la Sociedad Red más que del profesional docente.

Aunque haya matices en las profesiones de la educación hoy, todas suponen el desarrollo de competencias educativas para cumplir roles formativos de cara a necesidades educativas formales, no formales e informales en la sociedad. No obstante, además de las exigencias educativas externas, la actual configuración social exige –aquí la diferencia- desarrollar unas competencias docentes consigo mismo, es decir, una seria de habilidades y compromisos con el autoaprendizaje.

Los docentes deberían desarrollar una cultura del autoaprendizaje no como complemento, sino como signo medular de su formación. Este es el meollo del asunto. Por ello, estimar si se emplean formas cerradas o abiertas de formación, si se ofrecen de manera presencial, virtual o mixta, si son aprendizajes basados en la cooperación, el descubrimiento, la imitación, el ensayo-error o la elaboración de proyectos, o si son “gamificadas” o “masificadas” son preocupaciones que deben converger en la consolidación de una cultura del autoaprendizaje docente, marco simbólico que permite al docente ser consciente de que su enfoque sobre cómo enseñar no está desarraigando de su forma de cómo aprender.

Lo anterior, el énfasis del autoaprendizaje como rasgo de formación docente es el requisito básico para quien pretende enseñar. En fin, el éxito de la formación docente podría detectarse mejor si el docente busca la forma de enseñar con la misma efectividad y afectividad con la que el propio docente aprende.